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En los setentas Michael Crichton
se había puesto de moda con los hits La
Amenaza de Andromeda y Oestelandia.
Fue tanto el éxito que los productores de
Hollywood le dieron carta blanca a los siguientes
proyectos del escritor, y éste no tardaría
en saltar a la silla del director en algunos de
dichos casos. En lo personal no me gusta Crichton
como cineasta; es muy indulgente con si mismo y
sus películas tienen cierto tufillo a ciencia
ficción barata. Me gusta más cuando
a Crichton lo toman directores de fuste (como Robert
Wise o Steven Spielberg), ya que le hacen un filtrado
profundo y rescatan lo mejor de sus obras.
Y esto es particularmente patente con Looker.
Como suele ocurrir en las filmes made by
Crichton, el concepto central de la historia es
fascinante, pero la ejecución deja mucho
que desear. Es como si el escritor se hubiera
enamorado de la idea, la hubiera desarrollado
en profundidad y, a último momento y con
total desgano, se vió obligado a adosarle
una intriga genérica y deslucida como para
sumar páginas y darle un formato de thriller.
En menos de 20 minutos sabemos que James Coburn
y Leigh Taylor-Young son los villanos, y que en
Digital Matrix es donde se esconde el secreto
del estofado. Como suele ocurrir en el manual
de Conspiraciones Idiotas 101, esta gente
quiere dominar el mundo pero sólo cuenta
con uno o dos asesinos. La teoría aplicable
es que los malos se gastan toda la plata construyendo
enormes guaridas subterráneas (nya,
nya!) y se quedan sin dinero para contratar
sicarios.
La idea central es bastante parecida a otro thriller
de la misma época - Agency (1980)
-: el villano va a utilizar a la televisión
para manipular la mente de las personas. Mientras
que en el filme con Lee Majors se utilizaba publicidad
subliminal, acá se usan pulsos eléctricos
escondidos en comerciales generados por realidad
virtual - la computadora deduce qué
parte de la pantalla va a ver el televidente,
y allí manda la señal que va directo
a su cerebro -. Ahora, que alguien me
explique si la computadora no podía esconder
las mismas señales en un video común
y corriente. Dejando de lado el tema de
la hipnosis electrónica, el resto es un
bolazo sideral - las modelos van a hacerse
cirugias faciales con mílimetros de precisión
para ser simétricas y que la computadora
pueda scanear sus facciones y simularlas en realidad
virtual (¿qué? ¿la Commodore
64 no era capaz de corregir un pómulo
fuera de lugar o un ojo caido?); una vez digitalizadas,
son asesinadas... ¿¿para que no
reclamen honorarios o derechos de autor??
-, y la trama se pone cada vez peor a medida que
se acerca al climax. En un momento Albert Finney
encuentra un dispositivo - que parece un secador
de pelo que emite una onda lava cerebros, similar
al gadget que usaba Will Smith en Hombres de
Negro - y se manda a una persecución
con los esbirros del villano, los cuales se disparan
todo el tiempo con el aparatito. No solo flashean
a Finney en más de una oportunidad, sino
que los asesinos jamás atinan a matarlo...
aún cuando el tipo queda catatónico
durante varios minutos.
Quizás lo peor sea el final, que bordea
lo ridículo. No tanto por el montaje de
anuncios en vivo - todo tiene lugar en un gigantesco
estudio, en donde la computadora pone los actores
virtuales sobre los decorados preparados -,
sino porque el incompetente del asesino mata a
cualquiera menos a Finney. Yo creo que a esa altura
Crichton estaba muy harto de su propia obra y
le endilgó el primer final que se le ocurrió.
Es inconcebible pensar que un autor de la talla
de Crichton haya considerado al climax de Looker
como algo escrito de manera decente.
Looker es mediocre. Las señales
están a la vista: Crichton como director,
los protagónicos de Albert Finney y James
Coburn - tipos que tuvieron su momento de gloria
en los años 60, pero que en los 80 filmaban
cualquier barrabasada -, una trama llena de
agujeros y una terrible reputación en la
IMDB. Lo que salva a Looker del abismo
es que tiene un par de ideas innovadoras - la
realidad virtual y los actores sintéticos;
el lavado de cerebro a través de la televisión
-, pero la intriga apesta y definitivamente no
es la mejor obra de Crichton. Y de eso, doy palabra
certificada.
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