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Por cada una que hay de cal, hay otra de arena.
Es el caso de William Castle, cineasta cambalachero
de los años 50 y 60 que logró
alcanzar la fama debido a los trucos de marketing
que inventaba para promocionar a sus filmes. Castle
era un director rústico, crudo, pero con
el tiempo fue puliendo estilo hasta dar a luz cosas
potables y hasta festejables. En los finales de
su carrera daría a luz títulos extraños
y menos populares que los hits que le dieron
renombre - como fueron The
Tingler o House on
Haunted Hill -, pero más experimentales
e interesantes. Bug! sería el último
guión de Castle y se sumaría a la
extrañisima Shanks (1974) - su
último opus directorial, con un bizarro Marcel
Marceau creando marionetas humanas a partir de cadáveres
- como los trabajos finales de su carrera.
Ciertamente Bug! se suma a la oleada de
películas del género "venganza
de la naturaleza" (o animales asesinos)
que en los 70 se había puesto de moda con
grandes títulos como Williard y,
especialmente, Tiburón.
Pero Bug! parece entroncarse directamente
con Las Crónicas de Hellstrom, un
fabuloso documental de 1971 y que hablaba en términos
apocalípticos de cómo los insectos
heredarían la Tierra cuando la humanidad
pereciera ante una eventual guerra nuclear. Tal
fue el impacto del documental que terminó
por generar su propio subgénero - el
de insectos asesinos - con títulos
setentosos como Fase IV,
El Enjambre y La Invasión de
las Arañas. De hecho, Fase IV
y Bug! comparten los servicios de fotografía
de Ken Middleham, responsable de las impresionantes
imágenes de Hellstrom.
Ciertamente Bug! tiene su dosis de pavadas
- los bichos crean masivos incendios con sólo
frotarse las patas, cuando hubiera sido más
lógico explicarlo en términos de
una reacción química (como ocurre
con las luciérnagas); los insectos se vuelven
inteligentes y se forman en grupos, formando palabras
en inglés como si fuera un grupo de porristas
(!); y el cambio de actitud del personaje de Bradford
Dillman bordea lo inexplicable (los bichos mataron
su mujer, pero en vez de destruirlos busca perfeccionarlos
genéticamente) -, pero el 90% del filme
funciona de manera apasionante. En vez de vomitar
las obviedades propias de las películas
de cine catástrofe, Bug! sigue el
patrón de Them!, La
Humanidad en Peligro, y se decanta por generar
un thriller científico. Tanto los
razonamientos como la pasión que le pone
el biólogo que compone Bradford Dillman
son los que mantienen en alto al relato, y lo
salvan de ser una auténtica idiotez. Lo
que resulta inexplicable es por qué su
personaje (y toda la historia) termina por degenerarse
en la típica rutina de científico
loco al cual el experimento se le va de las manos.
Eso no quita que la segunda mitad de Bug!
tenga su cuota de momentos interesantes (como
el intrigante y abrupto climax, en donde la nueva
generación de insectos ha decidido seguir
con las mutaciones por su propia cuenta).
Hay un aspecto curioso en Bug! y es la
existencia de una especie de subtexto religioso
que nunca termina de ser explotado de manera clara.
Cuando ocurre el terremoto, la cámara está
instalada en la misa dominical que conduce el
pastor local. Una de las víctimas perece
cuando va a alcanzarle una Biblia al protagonista.
Uno puede pensar que, como surgen de las entrañas
de la Tierra y como generan fuego, los insectos
son una especie de criaturas demoníacas,
y Dillman vendría a ser el típico
científico ateo que se arriesga a explorar
y violar los límites de lo permitido y
hasta de lo divino - es él el que permite
que las criaturas sobrevivan y encuentren la forma
de expandirse más allá del pueblo
-. Pero el guión menciona estas cosas al
pasar, y jamás termina por explorarlas
en profundidad.
Bug! es una peliculita interesante y bien
hecha. Ok, tiene un par de idioteces que a uno
le hacen rechinar los dientes, pero tiene energía
y originalidad, y la puesta en escena es más
que potable. Y es uno de esos filmes que uno termina
por descubrir en un rincon abandonado de la web,
y con el cual uno se termina por llevar una sorpresa
más que agradable. |